martes, 28 de junio de 2016

CANTO

Historia de Enia y Alate, continuación de NUDOS



Urtxin, la mina


Urtxin oye un traspié a su espalda y las piedras ruedan por la desvencijada colina. “Bien podría ser yo, montaña abajo. Así, descansaría al fin”. El sol se pone, lejano y frío, entre las copas de los árboles, que ya amarillean. ¿Es el reflejo del sol, o el otoño que avanza, inexorable?. Según descienden, sus ojos empañados por el polvo captan revuelo en el campamento. Los pastores transitan diligentes, como las hormigas en el hormiguero, cargando con fardos entre las cabañas y avisando a sus compañeros. Urtxin se extraña, ya que normalmente son vagos y desordenados.

El capataz les azuza y los esclavos responden, despertando de su letargo, curiosos por enterarse de lo que ocurre en el campamento. Junto a la tienda del jefe cree distinguir a dos mujeres, pero el embate del pastor le obliga a acelerar el paso y baja la vista para no tropezar.

Una vez abajo, el capataz es relevado y varios hombres les empujan dentro del chamizo que hace de dormitorio, comedor y, a veces, incluso baño. Al entrar, Arran se golpea la frente contra una viga y Urtxin capta las lágrimas asomando en sus ojos: apenas es un crío. Los pastores les afianzan las ataduras y, como en las primeras noches que pasaron en la mina, les atan a las vigas laterales. Se preguntan el porqué de tanta seguridad: habían pasado semanas desde el último intento de fuga. Nadie se queja: los que protestaban, ya no están.
La puerta se cierra y las voces se alejan.

- ¿Habéis visto a esas mujeres? –se atreve, por fin, alguien a murmurar. En la creciente oscuridad, reconoce la ajada voz de Hartz.
- Una parecía Ohiandar… -Arran, a su lado, trata de tocarse la cabeza con los brazos atados. Sin embargo, su voz refleja esperanza.- Estoy seguro, era de las nuestras.

El alboroto de los pastores se aleja, disolviéndose cual niebla en la quietud del bosque. Cerca, un cárabo ulula: uu, uú, ú-ú-ú-ú. Y al cabo: ti-uuic. Urtxin se sobresalta y recuerda un cuento.



Azeri, la mina

Aunque el lazo que rodea sus muñecas no aprieta, Azeri se siente inquieta, como un pajarillo entre las manos de un niño, pugnando por alzar el vuelo. Mira a Dara, que permanece estática a su lado, esperando, paciente. No tiene nada que ver con la chica temblorosa que recogió hacía un día. “Un día tan solo…”.

Una brisa gélida, presagio ya no del otoño, sino del crudo invierno, desciende por las montañas y se filtra por las paredes de la cabaña como una serpiente.

Azeri rescata un viejo pasatiempo y comienza a recitar, en voz queda y suave.

“Hubo una vez un cárabo, blanco como la nieve, cuyas blanquísimas plumas, más suaves que los pétalos del edelweiss, surcaban el bosque sin producir ruido alguno. Pero su belleza no era compartida por el resto de cárabos, que en las tibias y rosadas noches de julio silbaban su canción de amor desde los viejos robles. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba uno; ¡ti-uuic! Traía la brisa, presta, la respuesta de su amada. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, cantaba el cárabo blanco, pero nadie parecía oírle. Sus pardos compañeros se volvían invisibles para él en los tocones de los árboles, e invisible era él para sus oídos.”

Cárabo lapón

Dara la observaba con sus hermosos ojos castaños, embelesada aunque no la entendiera.

“Atormentado, el cárabo níveo salió del bosque, buscando la blancura de la montaña. Alcanzó el circo de la cordillera por la noche, cuando una enorme luna, pálida, emergió entre los riscos. Uu, uú, ú-ú-ú-ú, la llamó el ave; Uu, uú, ú-ú-ú-ú, uú, ú-ú-ú-ú, reverberó la montaña: y el creyó que fue la luna. Y, aunque en su corazón herido sabía que no era la respuesta adecuada, voló en silencio, arriba, hacia el helado cielo estrellado.

Quisiera la brisa, o tal vez la celosa luna, que el cárabo no oyera una lejana llamada, desde el otro lado de la montaña, que apremiaba: ¡ti-uuic!”

La luz se extinguió finalmente y el bosque se sumió en el silencio inquieto del otoño, quebrado en la lejanía por la berrea del ciervo.

Texto y fotos por Elisa Rivero