jueves, 16 de junio de 2016

NUDOS

Historia de Enia y Alate, continuación de LLUVIA

 

Dara, camino de las montañas


Permanece inmóvil por un instante, tratando de vislumbrar su aspecto reflejado en la orilla del río, pero las gotas que ruedan desde los alisos lo perturban como si cientos de zapateros bailaran sobre la superficie. Dara se lava el barro y el sudor de la cara, agradeciendo el contacto dulce y refrescante del agua. No puede salir bien, se dice. Sin embargo, la idea de salir corriendo, sola, le aterra.


Hace un gesto a Azeri y se apresuran en retomar su camino. Las nubes se deslizan hacia el sur, ligeras tras abandonar su pesada carga, y Dara se pregunta qué habrá al sur, qué habrá al oeste, allá donde se dirige. Cree distinguir a Enia a lo lejos, cruzando el río. O quizá es una nutria.





El bosque, denso y chorreante, se le antoja todo igual. Sabe dónde está la mina: padre le había llevado hacía unos años, cuando la descubrieron. Decía que allí erigiría un altar, entero de bronce, a Gobanno. Ya no podría ser: los dioses de Ötzi eran otros, si es que los tenía.


Por allí cerca, en algún lugar, se alzarían los refugios derruidos del extinto Clan del Jabalí. En su momento, a Dara le había parecido justificado aniquilar a esos salvajes que, de vez en cuando, les robaban las ovejas y realizaban incursiones en su territorio. En aquel momento sólo conocía a un hombre de las montañas, aquel traidor de Urden, un hombre desagradable y falto de dignidad. Ahora se da cuenta de que no todos los Ohiandar eran así y, por un momento, siente repulsión por su pueblo, por sí misma.

Finalmente, parece que Azeri ha encontrado un camino entre la maleza, demasiado grande para ser sendero de animales. Antes de tomarlo, Dara se descuelga del cinturón la cuerda que Enia le había prestado y ata un suave pero aparatoso nudo alrededor de las finas muñecas de la joven. ¿Cómo podía empuñar el arma y cazar con esas manitas? Se pregunta, perpleja. La centelleante mirada azabache de la montañesa, que se revuelve inquieta por estar de nuevo atada, barre todas sus dudas.

El camino, custodiado por altos espinos, se adentra en las montañas.


Enia, al sur del río


Enia se desata el fardo de la cabeza y se escurre las ropas empapadas con hastío. No había tenido tiempo de desvestirse del todo para cruzar el río. Un cormorán que se secaba las alas a escasos metros emprende el vuelo.




Chapotea por el barro de la orilla, asegurándose de marcar bien su rastro, y se apresura a encender un fuego. Su yesca de hongos y el perdernal están bien secos, pero las pocas ramas que consigue apilar humean y crepitan, negándose a arder. Para bien, o para mal. Así, confía, atraerá pronto la atención de los perseguidores.

Le habría gustado ser ella la que fuera a la mina a buscar a los suyos y ver a Urtxin, pero sabe que tiene más probabilidades de escapar que aquella joven del Clan de la Nutria, Azeri. Apenas le calcula 14 años.


Emplea unos minutos en secarse y engullir unas tiras de ciervo ahumado con moras: no tendrá tiempo de comer en lo sucesivo. Unos tímidos rayos de sol asoman entre los chopos y arrancan destellos escarlata de su larga cabellera, que se recoge con un prieto nudo. Los herrerillos y los mitos gorjean entre las ramas. A lo lejos, vuelven a oírse los ladridos. La joven apaga el fuego y reemprende la marcha hacia el sur.


Dara, la mina

- ¿Quién va?- una voz se alza tras un enorme rododendro. Dara da un respingo y se estira las maltratadas ropas. Su aspecto debe ser deprimente.
- Soy Dara, esposa de Ötzi –carraspea, aclarándose la garganta. A sus oídos, su voz suena débil, falta de autoridad.

Del recodo del camino emerge un pastor alto y rubicundo. Dara no le identifica: los hombres del oeste le parecen todos iguales. Sin embargo, él sí la reconoce y baja la larga lanza con un leve gesto de respeto.
- ¿Quién está a cargo?- la joven tira con brusquedad de la soga, con lo que Azeri se acerca agachada, gruñendo.


El pastor le hace un gesto y recorren el camino hasta llegar a un claro. Los árboles han sido cortados, algunos recientemente, y sus tocones, aún sangrantes, ofrecen una visión desoladora. Allí se alza un destartalado campamento, al pie de la cantera. Dara observa con perplejidad como la montaña ha sido devorada, como si una piara de jabalíes gigantes hubiera hozado en la piedra dura. Pero no son jabalíes: una hilera de hombres se acerca, arrastrando sus picos y acarreando canastos llenos de piedras. Azeri respinga al verlos. El sol se esconde ya entre las cumbres de las montañas y deshilachadas nubes de humo ascienden tras el campamento: tienen que proceder del horno.


El pastor les conduce al interior de uno de los chamizos. Trata de retener a Azeri, pero Dara sujeta la soga con firmeza, dedicándole una mirada de reproche. Dentro, un hombre con cabello plateado, ya entrado en años, bebe con placidez de un hermoso cuerno de uro. Al verlos entrar, se sobresalta, derramando un chorro del espeso líquido. Es el tío de Ötzi, pero no consigue recordar su nombre.

- Ah, hermosa Dara-recita mientras trata de ponerse en pie sin tirar el cuerno.- Vuestro enlace ha debido ser ya, felicidades ¿qué te trae por aquí? ¿Cómo es que no estás con mi sobrino?
- Sí, tío –miente.- Fuerzas mayores me alejan de mi esposo, por quien temo. Los salvajes atacaron el pueblo por la noche, liberando a las esclavas, y se está librando una batalla sangrienta allí abajo –Dara recuerda los acontecimientos reales y las lágrimas de agolpan de nuevo en sus ojos. Se le quiebra la voz- Mataron a mi padre. Ötzi me puso a salvo y me envió a buscar ayuda: necesitaba a todos sus hombres.
- Es terrible. Siento lo de Goban, era un gran hombre-murmura con desinterés. -¡Olen, llama a los chicos! Atad a los salvajes y encerradlos en la cabaña. Tú y Tane, quedaros a vigilarlos; el resto, al pueblo conmigo- el viejo exhala un profundo suspiro, como en un intento de despejar su cabeza embotada, y se levanta resolutivo.- ¿Y esa perra qué hace aquí?-escupe, mirando con desprecio a Azerí.
- Es mi esclava. Pertenecía a mi padre.
- Guárdate de esos salvajes traidores –el hombre se viste su parca de lana y recoge una espada de bronce y el zurrón.- Te quedarás aquí, estarás más segura. Además, nos retrasarías…-masculla más para sí mismo, mientras se aleja a toda prisa. Fuera, se oye el murmullo de los hombres: quejas, preguntas y exclamaciones.

Dara y Azeri se asoman para presenciar cómo los pastores azuzan a los esclavos Ohiandar, como si de perros sarnosos se tratara. La luz decae y, por detrás del griterío, se distingue la llamada puntual del cuco: cu-cu, cu-cu.



Texto y fotos por Elisa Rivero


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